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Había en Ángel Cabral algo de esos hombres que parecían llevar la guitarra como una prolongación natural del brazo. Nacido como Ángel Amato, el 1 de octubre de 1911, en Villa Luro, fue un personaje de pura estirpe porteña, bohemio, guitarrero y cantor, de esos que estaban siempre dispuestos a tocar donde los llamaran.

Desde 1940 integró un trío con Juan José Riverol y Ángel Robledo, dos nombres ligados a la historia de la guitarra y el tango. Con ellos dejó registros memorables, entre ellos la milonga “Jazmín Simón”, junto a Sebastián Piana, en 1942. Más tarde, ya con Alfredo Lucero Palacios, realizó los trabajos corales con la orquesta de Miguel Caló y el vals “El abandono”.

Pero Cabral llevaba adentro al compositor. Fueron más de doscientas las páginas que salieron de su inspiración: “Desagradecida”, “Desamorada”, “Su nombre era Margot”, “Yo soy milonga” y tantas otras.

Y después llegó aquella canción que hizo saltar las fronteras. “Que nadie sepa mi sufrir”, escrita con Enrique Dizeo, fue escuchada por Edith Piaf durante su visita a Buenos Aires en 1953. La llevó a Francia y, con nueva letra de Michel Rivgauche, nació “La foule”. El éxito fue mundial.

Cabral partió el 4 de junio de 1997. Pero la guitarra quedó sonando. Y mientras alguien entone aquel vals que alguna vez cruzó el océano, su nombre seguirá volviendo, como vuelven las canciones verdaderas: sin pedir permiso.

Autor: admin